Aprender a consumir el arte de otros
Estar a dos metros de una soprano lírica no es algo que suceda cualquier día.
Hace unas semanas, en una noche de piano y ópera en casa de unos amigos, invitaron a la reconocida soprano guatemalteca Karin Rademann. Para mí, fue uno de esos momentos donde todos los sentidos se activan de golpe. Su voz, más allá de ser escuchada, se sentía filtrándose bajo la piel; casi sin darnos cuenta, su vibración empezó a marcar el ritmo de los corazones de quienes la escuchábamos.
Para mí, estos momentos efímeros son un bálsamo para el alma. Me recordaron que una parte vital de ser artista es, precisamente, aprender a consumir el arte de otros. No podemos dar lo que no recibimos; encontrar y dejarse atravesar por la belleza que otros crean es el combustible necesario para nuestra propia búsqueda.

